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Heriberto Murrieta

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El desconsuelo del caudillo

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Ricardo Antonio La Volpe se quedó a un minuto con 15 segundos de conseguir su segundo título en el futbol mexicano. Mandó a sus hombres a resistir los ataques de Tigres, pero tanto va el cántaro al agua hasta que se rompe.

El argentino Paolo Goltz lloraba desconsolado minutos antes cuando, tras el zipizape que comenzó con un intercambio de peladeces entre La Volpe y Gignac, fue expulsado por el árbitro Jorge Isaac Rojas. Lo único que hizo fue intentar alejar a sus compañeros del foco encendido de la bronca.

Jesús Dueñas, volante de contención de los Tigres, apareció solo para rematar de cabeza casi al final del segundo tiempo suplementario y forzar así los tiros desde el manchón. Decir que la injusta expulsión del caudillo de la retaguardia águila no influyó en el resultado final tendría que analizarse, porque el gol del empate de los Tigres cayó justo cuando el defensa americanista había sido expulsado y la zaga amarilla se había desacomodado sin su presencia. Pero de eso a hablar de “ayuda” a los felinos, como hizo La Volpe, tampoco tiene justificación alguna y resulta a todas luces exagerado. Cuando alguna decisión arbitral lo afecta es “robo”; cuando lo beneficia, es simplemente “error humano”.

A final de cuentas, vale la pena detenernos ante la reacción desesperada e impotente de Goltz al ver asomarse sorpresivamente el cartón rojo. Su llanto es reflejo del compromiso que tenía con sus colores y sus compañeros, rasgo inequívoco de amor propio y pundonor. Colores, por cierto, el guinda y el blanco, que nada tienen que ver con el amarillo y azul tradicionales del club de Coapa. Dizque “innovaciones” mercadotécnicas matan tradición e identidad.

Desconsiderados. La Final llegó marcada por el impasse propiciado por los directivos que no saben organizar un calendario para evitar innecesarios empalmes de torneos y por la falta de tacto de directivas incapaces de evitar filtraciones y guardarse noticias en plena Liguilla. Santos Laguna anunció sin pudor la transferencia de Agustín Marchesín al América cuando el campeonato aún no terminaba y el conjunto capitalino seguía en liza.

Por ende, Moisés Muñoz ya sabía que lo iban a despedir y estaba enterado de su cambio a los volátiles Jaguares. Poca consideración para un portero que es ya toda una institución dentro del futbol mexicano. Su profesionalismo fue puesto a prueba en la recta final del certamen.

Voló. El subcampeón puso transferible a Rubens Sambueza, después de hacerse expulsar por enésima vez, ahora en una Gran Final.

Se desprende así de un crack con grandes cualidades que en poco tiempo se convirtió nada menos que en el alma del equipo. ¿De veras era insostenible mantenerlo en el Nido?, ¿realmente hubiera sido imposible convencerlo de entrar al carril del autocontrol y la disciplina?

Para mi gusto, todavía se podía rescatar a un jugador que marca diferencia y que se identificó plenamente con la afición americanista.

heribertomurrieta65@gmailcom

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