Foto Jesús Viveros/EL UNIVERSAL
“Nole” ha ganado cada uno de los cuatro Grand Slam; ahora compite por una presea y el honor de su país

 

Las bombas caían sobre Belgrado, la capital de Serbia. Era el día del cumpleaños número 12 del pequeño Novak Djokovic y la melodía de Feliz cumpleaños se perdió entre las explosiones.

“Nole” se abrazó a su raqueta, su juguete preferido desde los ocho años, hasta que los bombardeos cesaron.

A partir de ese momento, el tenis dejó de ser un juego para el ahora número uno del mundo y amplio favorito para llevarse la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.

Djokovic prometió que Serbia sería conocido por algo más que ser un país en eterno conflicto bélico, promesa que ha cumplido a lo largo de su carrera como tenista, uno de los mejores que se recuerde, comparado ya con leyendas del calibre del australiano Rod Laver, los estadounidenses Pete Sampras y Jimmy Connors, el sueco Bjorn Borg y el suizo Roger Federer.

El serbio vino a refrescar el mundo del deporte blanco, lleno de reglas, lleno de caras serias, de formalismos que lo alejan del pueblo y lo mantienen cerca de las tradiciones retrógradas.

La personalidad de “Nole” lo ha llevado no sólo a ser un gran jugador, sino a ganarse la simpatía de sus contrincantes. Clásicos son los momentos en que se sale del protocolo y se dedica a imitar los movimientos de sus rivales, o sus reacciones humildes con los recogebolas, además de sus obras benéficas no sólo con niños de su país.

Adorador de la música clásica, que escuchó durante los 60 días que duró el bombardeo a Belgrado, el tenista de ahora 29 años ha encontrado en este factor su modo de relajación para haber ganado 12 torneos de Grand Slam, más otros 54 certámenes de diversas categorías.

Novak Djokovic ha salido airoso del Abierto de Australia en seis ocasiones; de Wimbledon en tres; del Abierto de Estados Unidos en dos y sólo una vez de Roland Garros en Francia.

Mas le falta un premio en su sala y el espacio está ahí, esperando sólo el momento a que el serbio se decida traerlo a casa: la medalla de oro de los Juegos Olímpicos.

Han pasado casi 20 años desde ese cumpleaños número 12, cuando los abrazos de felicitaciones fueron cambiados por apretujones de terror debido a las bombas que caían causando muerte a cada impacto.

Hoy en las calles de Serbia las paredes están pintadas con rostros de “Nole” en vez de frases de indepencia y de venganza. Hoy cada vez que se menciona Serbia, la primera imagen que viene a la mente es la del tenista que en su niñez prometió que de su país se hablaría, pero bien, no como una nación en guerra, en eterna disputa, sino de una en busca de felicidad, de crecimiento, de integración, en busca de oro.  

 

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