Foto Archivo El Universal
Joaquín Capilla, único deportista mexicano con cuatro medallas, perdió todo por su alcoholismo; murió en soledad

Nadie como él ha llenado de orgullo al deporte mexicano. Ni siquiera la taekwondoín María Espinoza o Paola Espinosa, de clavados, pueden presumir cuatro medalllas en tres ediciones consecutivas de Juegos Olímpicos. Sólo Joaquín Capilla conserva ese honor.

La vida del capitalino (1928-2010) fue exitosa en el plano deportivo, sí, aunque estuvo plagada de tragedias y adicciones que lo llevaron varias veces al borde de la muerte.

La primera presea llegó en Londres 1948, un bronce en plataforma. Capilla, de apenas 20 años de edad, enfrentó a los dominantes estadounidenses y demostró poseer las cualidades necesarias para convertirse en una figura.

En Helsinki 1952 obtuvo la plata, también en plataforma. Fue la única medalla mexicana en esa edición. Cuatro años después en Melbourne, finalmente logró la dorada desde los 10 metros. Comenzaron entonces los años de fama y derroche para

el clavadista.

Joaquín comenzó a codearse con Presidentes, incluso filmó una película con “Tin Tán” y Ana Bertha Lepe, Paso a la Juventud, y tenía ofertas para intervenir en dos más. Su sueldo en ese entonces era de 600 dólares semanales, un dineral para su época.

Su estatura deportiva lo puso al mismo nivel que grandes figuras del deporte nacional como el boxeador Raúl “Ratón” Macías y del beisbolista Beto Ávila, a quienes llamaron “Los ases del deporte”.

Desde Presidentes de la República, hasta actores del cine de oro mexicano como Sara García, María Félix, Pedro Infante o Jorge Negrete le ayudaron a conservar la gloria deportiva que representaba.

Pero las adicciones y excesos en los que cayó terminaron por desviar el camino del mexicano.

Dos accidentes automovilísticos sufridos por conducir ebrio lo colocaron en la antesala de la desgracia. Nuevamente Joaquín estuvo a las puertas de la muerte.

Supieron más de mí por mi alcoholismo que cuando fui campeón olímpico. El Presidente había dicho cuando gané la medalla: ‘Joaquín Capilla, ejemplo de la juventud’. ¿Qué ejemplo iba yo a ser?”, recordaba el medallista.

De ser gloria nacional Joaquín se convirtió en la burla de sus amigos, sus excesos provocaron que perdiera una casa, automóviles, terrenos, su matrimonio, hija y dinero.

Prácticamente en la ruina Capilla vivió casi una década de dar exhibiciones de clavados en Estados Unidos, hasta que un tímpano se le reventó y no pudo seguir.

En 1987 tocó fondo. Tres décadas después de la gloria olímpica el capitalino sufrió un infierno terrenal ocasionado por su alcoholismo. Vivió años de depresión y soledad que lo orillaron a los andenes del metro Juanacatlán, donde pensó en quitarse la vida.

Fue Carmelita Zavala, su segunda esposa, quien lo ayudó a unirse a grupos de Alcohólicos Anónimos y quien lo llevó a una congregación de Cristianos porque siempre, desde

su juventud, se empeñó en convencer a las demás personas que Dios no existía.

Deceso en el olvido. Entre coronas y arreglos florales estaba su féretro de madera. No había fotos ni trofeos; tampoco las cuatro medallas olímpicas que con orgullo mostraba para motivar a niños y jóvenes del país a realizar una actividad física.

Así falleció Joaquín de un paro cardiorrespiratorio en su departamento en la Ciudad de México. Su rostro reflejaba serenidad, parecía que estaba dormido.

Lo acompañaron en sus últimos momentos los también medallistas olímpicos Fernando Platas (clavados), Jesús Mena (clavados), Daniel Aceves (lucha), Ernesto Canto (caminata) y apenas dos dirigentes deportivos.

 

En una de sus últimas charlas con los medios de comunicación Joaquín confesó: “Todo mundo me ayudó a ser campeón olímpico, pero nadie me enseñó a dejar de serlo para poder vivir”.

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